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Entre los innumerables testigos de la fe, de ayer y de hoy, en nuestras comunidades y nuestros pueblos, se yergue la figura de Oscar Romero, mártir por la causa del Evangelio.

Su martirio no deja de ser paradigmático, y esto por algunas razones claves. La primera y fundamental es su camino de conversión. Su historia personal da cuenta de cómo superó la distancia que sentía y vivía respecto del pueblo sencillo, cambiándola por una actitud de empatía y compasión evangélica.

Mons. Romero llegó a identificarse totalmente con la situación de opresión y miseria del pueblo salvadoreño, colocándose justo en la vereda de enfrente en la que solía caminar y sentirse cómodo. Viéndose a sí mismo en otra situación existencial, llegó a decir: “Este es el pensamiento fundamental de mi predicación: nada me importa tanto como la vida humana”. La vida humana sigue siendo vapuleada y manoseada hoy en múltiples rostros que vemos en nuestros espacios de vida y misión.

En el XVIII Capítulo General hemos renovado nuestro compromiso de adentrarnos “en un proceso de renovación espiritual y de transformación de nuestra vida y de nuestras estructuras, especialmente de nuestros esquemas mentales, para afrontar los desafíos actuales de la misión y responder a los signos de los tiempos” (In Word and Deed (iwd) 6, 3).

Cuáles son los pasos, signos y frutos de ese proceso? ¿Nos sentimos más cercanos a la realidad de quienes más necesitan? Una segunda razón la encontramos en el contexto de iglesia testimonial de la que Mons. Romero fue partícipe y artífice en medio de un sistema opresivo. Lo manifiesta él mismo cuando afirma: “Sabemos que todo esfuerzo por mejorar una sociedad, sobre todo cuando está tan metida esa injusticia y el pecado, es un esfuerzo que Dios bendice, que Dios quiere, que Dios nos exige.”

Junto a Oscar Romero había una multitud de testigos, laicos y consagrados, profesionales y campesinos, hombres y mujeres que iban gestando y nutriendo una iglesia testimonial. Eran personas y comunidades de fe que estaban dispuestas a dar la vida por alcanzar justicia. Como buen pastor, Romero alza el estandarte de la dignidad humana por encima de tantos signos de atropellos y muerte: “Si denuncio y condeno la injusticia es porque es mi obligación como pastor de un pueblo oprimido y humillado.”

Como Misioneros del Verbo Divino, caminamos junto a numerosos laicos que, viviendo situaciones de marginalidad y atropello, se cargaron al hombro la misión de vivir una humanidad nueva. De qué manera obedecemos al llamado “a aprender del ejemplo del vaciamiento de Cristo de sí mismo en obediencia, incluso hasta la muerte en la cruz, y a negarnos a nosotros mismos para llevar a cabo nuestra misión de proclamar la Buena Nueva y dar testimonio de nuestra fe”? (iwd 6, 10).  Otra razón del testimonio paradigmático de Oscar Romero es la observancia fiel a la voluntad de Dios, cuyo resultado no puede ser otro que la profecía. La personalidad de Mons. Romero denota a un fiel observante de ‘lo que Dios manda’.

Exteriormente lo vemos haciendo eso como uno más de sus contemporáneos, pero con la enorme diferencia de haber aprendido de Jesús, a no quedarse con la letra de la Ley, sino a devolverle el espíritu a la voluntad de Dios. “No es un privilegio para la Iglesia estar bien con los poderosos. Éste es el privilegio de la Iglesia: sentir que los pobres la sienten como suya, sentir que la iglesia vive una dimensión en la tierra, llamando a todos, también a los ricos, a convertirse y salvarse desde el mundo de los pobres, porque ellos son únicamente los bienaventurados.”

Romero se convierte en el observante fiel pues sintonizó la voz de Dios desde la vulnerabilidad de los más desfavorecidos (‘Escuché el clamor… he bajado para liberarte…’ Ex 3). Sus palabras tenían eco en el corazón del pueblo oprimido, y sus alocuciones y gestos se convirtieron en verdaderas manifestaciones proféticas. Lejos de ser retórica de rebeldía o desencanto o desesperación, sus mensajes producían en el pueblo un efecto transformador. “Es inconcebible que se diga a alguien ‘cristiano’ y no tome, como Cristo, una opción preferencial por los pobres”.

Nuestra ‘observancia’ religiosa, en el sentido pleno de la palabra, cuando es auténtica es consecuentemente profética. La autenticidad nos viene de la Palabra de Dios como fundamento espiritual. “… la Palabra nos urge a que nuestro compromiso misionero  sea el de poner en primer lugar a los últimos. El énfasis en el servicio misionero a los pobres no es una opción, ya que es aquí donde encontramos la presencia de la Palabra en el mundo. Esta misión no es negociable” (iwd 6, 42). Fieles a la Palabra, unidos a la gente. También es paradigmática la manera cómo Mons. Romero termina ofreciendo su vida. Su testimonio final se da en el contexto de la celebración eucarística. No es fruto del azar que los asesinos hayan disparado al obispo mientras celebraba la misa. Para ellos quizá era el momento más oportuno y certero, sin saber que para Romero se convertía en el acto más sublime que coronaba su pastoreo como un camino de entrega total al servicio de la vida del pueblo.

Como consecuencia de su observancia profética, Romero compartió la pascua de Jesús como una verdadera ‘eucaristía’. Los Misioneros del Verbo Divino, llevamos “un nombre por el cual nos sentimos especialmente comprometidos con el Verbo Divino y su misión. Su vida es nuestra vida; su misión es nuestra misión” (Prólogo de las Const.; iwd 6, 17). Esto nos ayuda a crecer en la espiritualidad eucarística, más allá de un ritualismo rutinario y cómodo.  Finalmente, el pueblo lo reconoció como hombre de Dios antes que cualquier proclamación oficial de la Iglesia. No fue vox populi que los salvadoreños clamaran ‘santo subito’, pero sí reconocieron en Oscar Romero, en vida y luego de su martirio,
a un hombre de Dios. Entre las frases célebres del filósofo Sören Kierkegaard figura la siguiente: “El tirano muere y su reino termina. El mártir muere y su reino comienza”.

El testimonio de Oscar Romero es un regalo del Espíritu a la Iglesia y el mundo. Mientras las potencias con sus tiranías desfilan por la historia, destinadas al recuerdo de sus signos destructores, el martirio de Romero y de tantos otros discípulos misioneros transformadores, permanece en la memoria de los más simples, de aquellos que siguen clamando y luchando por un mundo más humano.

Desde este rincón más vulnerable de la humanidad, se oye el clamor por algo nuevo: Nuevo es el esfuerzo por un camino de silenciosa santidad, más que las ruidosas alabanzas a los santos… Nuevo son los gestos de cercanía que reconocen la dignidad del pobre, más que las acaudaladas dádivas que lo sumergen en su miseria… Nuevo es el proceso de transformación personal que brota de un corazón convertido, más que un corazón ofuscado por pretender transformarlo todo… Padre Obispo Oscar Romero, ruega por nosotros!

--- Paulus Budi Kleden y el Equipo de Liderazgo

Publicado en el boletim "Arnoldus Nota" - Marzo 2020